La película abre con una voz en off que diagnostica a Buenos Aires antes de presentar a sus personajes. Martín, diseñador web que vive recluido en su departamento, le habla a la ciudad como quien le habla a un analista: culpándola, describiéndola, sin poder dejar de habitarla. Las medianeras, esas paredes ciegas que quedan entre los edificios, sin ventanas, sin ornamento, sin destino; son para él la prueba de que la arquitectura nos delata, que lo que construimos dice algo de lo que somos.
Buenos Aires como síntoma
Taretto filma una ciudad que creció sin plan, acumulando estilos y contradicciones, encerrando a sus habitantes en lo que Martín llama "cajas de zapatos". Esa imagen dice mucho de la vida en una ciudad como Buenos Aires: vivir en un espacio comprimido, apilado sobre otro igual, sin fachada propia. La ciudad opera en el film como un tercer personaje que antecede a los dos protagonistas y, de algún modo, los produce.
Lo éxtimo: cuando lo más íntimo es lo más extraño
Jacques-Alain Miller retoma un neologismo de Lacan que podemos usar para pensar una paradoja que la película pone en imagen: lo éxtimo es aquello que, siendo lo más íntimo del sujeto, se presenta como exterior, como ajeno, como un cuerpo extraño alojado en el centro mismo. La topología que propone Miller (el toro, la banda de Möbius), muestra que adentro y afuera están anudados de un modo que vuelve imposible trazar una frontera limpia entre ellos, que la superficie se continúa en sí misma hasta hacer del centro el lugar más excéntrico. El sujeto no tiene un interior puro al que retirarse: lo que lo habita más profundamente es justamente lo que no reconoce como propio, ese malestar sin nombre, esa incomodidad que no termina de localizarse.
Martín y Mariana viven en edificios contiguos, separados por una medianera. Ven las mismas películas de Woody Allen, escuchan la misma música, lloran solos en habitaciones que se tocan sin saberlo. La medianera funciona exactamente como esa figura topológica: muro que al mismo tiempo une, superficie que exterioriza lo que persiste como malestar en el centro de cada uno. La ciudad los devuelve constantemente al mismo punto porque ellos parecieran funcionar con esa lógica, la de la exterioridad íntima que los hace rozarse sin encontrarse.
La pantalla como mediación del deseo
Zygmunt Bauman describió los vínculos contemporáneos como relaciones que se desean fuertes pero se construyen frágiles, listos para ser disueltos ante la primera señal de dificultad. En la película, esto se vuelve visible en la escena de la cita de internet: Martín llega esperando a la mujer del perfil, sofisticada, poliglota, interesante; y encuentra a alguien que habla francés para llamar la atención y no tiene nada que decir. La comparación que él mismo hace con el combo de McDonald's (tan apetecible en la foto, tan decepcionante en la mesa) muestra ese funcionamiento: la imagen precede y aplasta al sujeto.
Byung-Chul Han llama transparencia pornográfica a esta lógica donde todo se muestra y nada se revela. La exposición digital no genera proximidad: la consume. Cuando Mariana borra digitalmente a su ex de las fotos ("me desprendo de 38,9 megas de historia") el gesto revela esa ilusión: como si la memoria fuera un archivo y el duelo, una operación de limpieza. La pantalla ofrece control sobre la imagen pero no sobre el deseo, que sigue insistiendo por otros caminos.
Wally, el objeto que se esconde a plena vista
La obsesión de Mariana con encontrar a Wally en sus libros nos dice eso que la película trabaja con mucha inteligencia: Wally está siempre ahí, en la página, rodeado de una multitud que lo oculta sin buscarlo. Funciona como el objeto a lacaniano: causa el deseo sin pertenecer a él, organiza la búsqueda sin prometer resolución, aparece como lo que falta justamente porque es lo más visible. La multitud que lo rodea lo constituye. Wally solo existe como Wally en tanto hay una masa de la que distinguirse, un fondo sobre el que recortar su figura. Quitarle ese fondo sería quitarle lo que lo hace deseable.
La ciudad repite esa estructura. Martín y Mariana se cruzan varias veces sin reconocerse. Él tiene algo de Wally (las rayas, los anteojos, la contextura) y ella lo busca sin saber que lo está buscando a él. Lo que Taretto construye ahí es más que un suspenso romántico: el deseo circula disfrazado, el objeto que causa la búsqueda siempre llega antes que el sujeto que lo porta. Mariana busca algo que Martín encarna sin saberlo. Esa distancia entre el objeto y la persona que lo lleva es, precisamente, lo que hace posible el encuentro cuando finalmente ocurre.
La mediación digital: la imagen del otro precede al otro y lo aplasta. La cita de internet como escena donde el perfil no puede ser el sujeto.
La extimidad urbana: la ciudad repite hacia afuera la misma topología del sujeto. Las medianeras como exteriorización del malestar interior.
El objeto a plena vista: Wally está siempre ahí; lo que lo constituye como objeto del deseo es precisamente el fondo que lo rodea y lo oculta.
Romper la pared: el acto como apertura
El giro central de la película sucede cuando ambos, de manera independiente e ilegal, deciden abrir una ventana en la medianera de sus departamentos. Todavía no se conocen; lo que los mueve es la necesidad de luz, de aire, de un punto de vista diferente. Ese acto nos ilustra muy bien la lógica de todo el film: hacerle una abertura al muro, asumir que la separación existe y buscar, desde ahí, un modo de que algo pase.
Miller señala que el sujeto intenta, quirúrgicamente, extirpar la extimidad: hacer comunicable ese núcleo extraño que lo habita. La ventana en la medianera podría ser la metáfora de esa posición: la de quien decide que el muro puede tener un agujero y que la separación puede convertirse en borde de encuentro.
El encuentro final, Mariana viendo a Martín desde esa ventana, bajando por el ascensor que le daba fobia, reconociéndolo en la calle por su remera de Wally, queda abierto. La película termina justo donde una comedia romántica convencional empezaría, y lo que narra es todo lo anterior: el trabajo subjetivo que hace posible que dos personas se vean.
La ciudad y el sujeto
Medianeras muestra que vivimos en estructuras urbanas, digitales, psíquicas, que reproducen en el afuera la misma lógica que opera en el interior del sujeto. La soledad contemporánea se sostiene también en un modo de vincularse con el deseo propio: evitándolo, sustituyéndolo, mediándolo hasta hacerlo irreconocible.
Lo que Taretto filma con lucidez es que el encuentro con el otro exige primero un trabajo con ese extraño que nos habita desde adentro; que la medianera, antes de ser arquitectura, es topología del sujeto: esa pared ciega entre lo que uno es y lo que uno puede reconocer de sí mismo. Abrirle una ventana es, en ese sentido, el principio.
Referencias bibliográficas
- Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
- Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.
- Miller, J.-A. (2010). Extimidad. Paidós.
- Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
- Medianeras. (2011). Dirigida por Gustavo Taretto. Rizoma Films / Sudestada Cine.
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