Hay jóvenes que llegan al consultorio sin saber qué quieren. Eso tiene una lectura clínica, sí, pero también tiene una lectura que la clínica sola no alcanza a dar.
Entre los jóvenes que vengo atendiendo, esta pregunta aparece de distintas formas, pero el fondo es siempre parecido. Hay quien dice que no sabe qué estudiar, quien terminó la carrera y no puede empezar algo, quien tiene veintitantos y siente que el tiempo pasa sin que nada cuaje. Tampoco queda solo del lado del consultorio: me la hago yo también, con mis propios proyectos, con mis propias dudas sobre lo que viene. Hablo de esto desde un lugar de tránsito, todavía en movimiento, y por eso escucho sin la distancia de quien ya resolvió lo suyo.
Desde afuera, la situación puede leerse como falta de motivación, como inmadurez, como miedo al compromiso. Desde adentro, lo que se vive es otra cosa: una especie de parálisis que no tiene nombre claro y que genera, además del problema en sí, bastante vergüenza.
El psicoanálisis puede decir algo sobre esto, aunque no todo. Marcar dónde termina su alcance también forma parte del trabajo.
Lo que el deseo necesita para organizarse
Para el psicoanálisis, el deseo se va organizando: en torno a objetos, a personas, a ideas que van adquiriendo peso en la vida de cada uno a medida que pasa el tiempo. Cuando Freud describe la economía psíquica en Inhibición, síntoma y angustia (1926), lo que aparece es un sistema que necesita invertir su energía en algo; si no hay objeto hacia donde dirigirse, esa energía no desaparece, circula sin destino y produce lo que clínicamente se presenta como angustia vaga, apatía, o esa sensación de no poder arrancar que muchos jóvenes describen.
La angustia, en este esquema, es siempre una señal: avisa que algo está en juego, que hay un peligro percibido aunque no siempre articulado. Y uno de los peligros más frecuentes es, precisamente, la ausencia de un objeto suficientemente cargado como para orientar la acción. Al joven que no sabe qué quiere le sobra energía psíquica: lo que le falta es un destino para ella.
El proyecto vital, visto desde ahí, es el resultado de un proceso de inversión: la energía psíquica se vuelca hacia algo que empieza a importar, y ese algo le da dirección al tiempo. Cuando ese proceso se traba, el problema puede tener raíces en la historia del sujeto, en sus vínculos, en modos de relacionarse con el deseo que vienen de lejos. Ahí es donde la clínica tiene mucho para aportar.
Demasiadas posibilidades también paralizan
Byung-Chul Han, filósofo coreano-alemán, describe en La sociedad del cansancio (2010) algo que resuena con lo que aparece en el consultorio: vivimos en una época que eliminó las prohibiciones y los límites en nombre de la libertad, y el resultado paradójico es una parálisis nueva. Antes, la sociedad le decía al sujeto lo que no podía hacer; ahora le dice que puede hacer todo, que depende de él, que el único límite es el esfuerzo que ponga. El verbo que organiza la época cambió: del "deber" pasamos al "poder hacer".
El problema es que elegir algo implica siempre renunciar a otra cosa, y renunciar duele. Cuando la cultura promete que no hace falta renunciar a nada, que siempre va a haber una opción mejor y que cualquier elección es reversible, el sujeto queda solo frente a algo que en realidad no puede evitar: tarde o temprano, elegir una cosa es dejar ir las demás. Sin recursos simbólicos para tramitar esa renuncia, sin marcos que la vuelvan tolerable, la elección se vuelve amenazante y la parálisis una forma de no exponerse al dolor de perder.
El lamento del individuo depresivo, "nada es posible", solo puede aparecer dentro de una sociedad que insiste en que nada es imposible. La parálisis y el exceso de posibilidades no se oponen: se producen mutuamente.
Nada de esto convierte a todo joven paralizado en víctima de una ilusión cultural: confirma, sí, que el contexto en que crece importa, y que parte de lo que aparece en el consultorio como problema individual tiene también una dimensión que trasciende al individuo.
Cuando el problema excede al sujeto
Franco Berardi, pensador italiano contemporáneo, agrega una capa más en Fenomenología del fin (2016): la transformación tecnológica de las últimas décadas no solo cambió la cultura sino la sensibilidad misma, es decir, la capacidad de dejarse afectar por el mundo, de entrar en resonancia con las cosas y con las personas, de construir experiencia en el sentido pleno de la palabra.
La distinción que propone es entre conjunción y conexión. La conjunción es el encuentro entre cuerpos singulares, algo que sucede de manera imprevista, que genera sentido porque dos personas o dos experiencias se tocan de verdad. La conexión es otra cosa: es el intercambio que opera mediante estándares de compatibilidad, donde lo que no cumple con el formato simplemente no entra. El entorno digital favorece la conexión y dificulta la conjunción, y eso tiene efectos sobre el deseo: si la sensibilidad está perturbada por la aceleración y la estandarización de los estímulos, se vuelve difícil que algo encuentre el peso afectivo necesario para convertirse en objeto de inversión psíquica. Para Berardi, el deseo se parece menos a la necesidad de algo y más a la creación sensible de un mundo cargado de sentido.
Pero Berardi también señala algo que los otros marcos no dicen con tanta claridad: la generación joven de hoy hereda un mundo donde las condiciones materiales de existencia se han precarizado de manera estructural. Estudiar implica endeudarse, el trabajo es inestable por diseño, acceder a una vivienda propia es para muchos una posibilidad que directamente no existe. Eso desborda lo económico: termina afectando el modo en que el futuro puede ser imaginado. Y cuando el futuro no ofrece suelo firme, proyectar sobre él se vuelve una apuesta que el sujeto no siempre está en condiciones de hacer.
Lo que la clínica puede ofrecer, y lo que no
La articulación entre estos tres marcos produce una pregunta incómoda: ¿qué puede hacer la clínica cuando parte del problema se origina fuera del sujeto?
La respuesta honesta es que puede hacer bastante, pero no todo. Puede acompañar al sujeto en el proceso de reconocer qué es lo que genuinamente quiere, diferenciarlo de lo que se supone que debería querer según su familia o el mandato de la época, y desarrollar algo de tolerancia a la angustia que supone cualquier elección real. También ayuda a que la experiencia sea más singular, menos estandarizada, menos comparada con la de los demás. Eso no es poco.
La clínica, sin embargo, no puede transformar en problema individual lo que también es un problema de condiciones (hacerlo sería deshonesto). Un joven que no puede proyectar porque su situación material genuinamente no lo permite puede estar leyendo su situación con total lucidez, sin que eso implique inhibición. Confundir esas dos cosas tiene un costo: en el mejor de los casos, el análisis no produce nada; en el peor, le devuelve al sujeto la convicción de que su dificultad es una falla propia en un contexto que en realidad lo condiciona.
Distinguir entre ambas situaciones es una tarea clínica exigente, porque los mecanismos se superponen y porque el mismo sujeto puede tener las dos cosas a la vez: algo genuinamente trabado en la economía de su deseo, y condiciones externas que complican objetivamente la proyección. Trabajar sobre lo primero sin ignorar lo segundo es, quizás, lo más honesto que se puede ofrecer.
¿Y si el horizonte simplemente no está?
Ninguno de estos marcos resuelve lo que sigue pendiente: qué pasa cuando el horizonte está objetivamente contraído, cuando proyectar es apostar sobre un terreno que no ofrece garantías reales. Prefiero dejarlo abierto antes que forzar un cierre.
Esa pregunta no tiene una respuesta tranquilizadora, y cualquier clínica que diga tenerla está prometiendo algo que difícilmente pueda cumplir. Lo que sí se puede hacer es acompañar sin simplificar, sostener la angustia de alguien que no sabe cómo seguir, sin apurar una resolución que capaz todavía no llega. Y a veces el trabajo se reduce a ayudar a alguien a vivir con algo más de dignidad dentro de condiciones que no eligió.
No sé si eso alcanza siempre. Pero es lo que hay.
Referencias bibliográficas
- Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva (A. López Gabrielidis, Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2016).
- Freud, S. (1992). Inhibición, síntoma y angustia. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 20, pp. 71-164). Amorrortu. (Obra original publicada en 1926).
- Han, B.-C. (2017). La sociedad del cansancio (2.ª ed., A. Saratxaga Arregi y A. Ciria, Trads.). Herder. (Obra original publicada en 2010).
Material de divulgación · No reemplaza la consulta profesional · © Lic. Javier Azarola · psicoazarola.com.ar
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