La palabra "inconsciente" se usa mucho en sentido general y no se comprende bien. Se usa para explicar por qué alguien repite siempre las mismas dificultades, por qué uno olvida justo lo que no quería olvidar, o por qué se dice algo que uno hubiera preferido no decir. Pero ¿qué es exactamente? ¿Es una especie de bolsa donde se guarda lo que duele? ¿Una voz interior? ¿Algo que nos domina sin que podamos hacer nada?
Propongo que nos adentremos más rigurosamente en este preciso concepto.
El descubrimiento que rompió con la idea de autonomía propia
La idea de inconsciente como concepto filosófico no la inventó Freud (de que hay algo en la mente que opera por debajo de la conciencia), venía de mucho antes. Lo que él hizo fue: darle una lógica y sistematizar un concepto que le sirvió para operar clínicamente. Vislumbró que ese "otro escenario", lejos de ser puro caos azaroso, tiene un sistema con leyes propias, tan riguroso a su manera como el pensamiento consciente. Solo que esas leyes son distintas.
En la vida consciente, una cosa y su contrario no pueden ser verdad al mismo tiempo. En el inconsciente, sí. El tiempo no avanza de la misma manera (algo que ocurrió hace veinte años puede insistir con la misma urgencia que si fuera hoy).
Por otra parte, lo que mueve al inconsciente no es la lógica de la realidad sino la lógica del deseo: ésta es una lógica diferente, que no busca adaptarse al mundo sino descargarse según sus propias reglas.
Freud llegó a todo esto a través de la clínica, de lo que escuchaba en sus pacientes: los sueños, los lapsus, los síntomas, los actos fallidos. Todos esos fenómenos que eran descartados por la psicología de su época, resultaron ser, para él, la vía regia hacia algo que opera más allá de lo que decimos que pensamos.
Más allá de lo que decimos
Freud hace una distinción técnica importante al decir que el inconsciente trabaja con lo que él llamó representaciones-cosa. Estas son las huellas directas de objetos, imágenes, rastros de experiencias. Lo que permite que eso pase al pensamiento consciente es el enlace con las palabras. Sin ese puente, la representación queda "atrás", fuera del alcance de la conciencia, pero no inactiva. Sigue organizándose, y produciendo efectos. Se ramifica, y de tanto en tanto, irrumpe.
Y lo que impide que aparezca todo el tiempo es un mecanismo que Freud llamó represión, que no se trataría, tal como parece, de un borramiento, sino más bien de una operación que restringe el acceso a la palabra. Lo reprimido no desaparece, espera y encuentra otras formas de expresarse. El síntoma, el sueño, el lapsus son precisamente esas otras formas.
El inconsciente habla
Lacan siguió a Freud y propuso algo que en un principio suena difícil pero que termina esclareciendo (aunque no parezca). Él va a decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
No es una metáfora decorativa. Lo que Freud llamó condensación (cuando una sola imagen del sueño concentra el sentido de muchas cosas a la vez), es lo que en lingüística se llama metáfora. Y lo que llamó desplazamiento (cuando el peso emocional de algo se traslada a otra cosa aparentemente insignificante) es metonimia. Los mecanismos del inconsciente son los mismos que los de la retórica. El inconsciente habla, con su lógica particular, y eso es exactamente lo que el análisis intenta descifrar.
Lacan también insistió en algo que complica la idea habitual de "conocernos a nosotros mismos": el inconsciente —dijo Lacan— habita en nosotros sin pertenecernos: es el discurso del Otro, o sea, el lugar donde los significantes que nos constituyeron, las palabras con que nos nombraron, las expectativas que se depositaron sobre nosotros antes de que pudiéramos decir algo al respecto, siguen operando. Somos hablados antes de hablar. Y ese ser-hablado deja una huella que no elegimos.
El sujeto dividido
Hay una consecuencia de todo esto que vale detenerse a considerar: el "yo" (esa instancia que siente que toma decisiones, que sabe lo que quiere, que narra su propia historia de manera coherente) no es el sujeto del inconsciente.
El yo es, en cierta medida, una construcción. Una imagen que se arma desde afuera, desde la mirada de los otros, desde las identificaciones que uno fue acumulando. Su tendencia es hacia la síntesis, la continuidad, la ilusión de control. El inconsciente, en cambio, se manifiesta exactamente donde esa continuidad se rompe: en el tropiezo, en lo que uno dice sin querer, en lo que uno olvida justo cuando no debería, en el sueño que deja una sensación que no se sabe cómo nombrar.
Freud lo formuló con una frase que sigue siendo una de las más potentes de toda la teoría: Wo Es war, soll Ich werden — "Donde Ello era, el sujeto debe advenir". El horizonte del análisis apunta a otra cosa: que algo de esa verdad que el inconsciente guarda pueda ser reconocida y habitada por el sujeto.
Caso clínico
Valentina tiene doce años y está atravesando algo que, para ella, es muy difícil. Tiene que decidir si seguir en el colegio donde tiene a sus amigas de toda la vida o cambiarse a otro que le parece más afín a lo que quiere hacer. Esa pregunta la ocupa de una manera que excede la elección. La preocupación regresa siempre, se instala en los momentos más distintos, y no encuentra respuesta aunque la piense muchas veces.
Durante las vacaciones, tiene una sesión online y cuenta un sueño.
En el sueño, los padres de sus amigas están reunidos en una especie de reunión informal. Hablan entre ellos. Hablan mal del colegio al que ella quiere ir. No la ven, no se dirigen a ella: simplemente opinan. Solo eso. Valentina no dice nada en el sueño. Escucha.
Lo primero que conviene señalar es que en el sueño no aparece la pregunta que la desvela. No están sus amigas diciéndole que no la van a querer si se va, no hay una escena de exclusión explícita, no hay un conflicto frontal. Lo que hay, en cambio, son los padres de sus amigas hablando de un colegio. El peso emocional se trasladó: de la pregunta ¿mis amigas me van a seguir aceptando si me voy? a la imagen de unos adultos que descalifican una institución. Eso es lo que Freud llamó desplazamiento, y lo que Lacan situó como la operación metonímica del inconsciente: el afecto deslizó desde donde duele hacia algo contiguo, lateralmente relacionado, que puede aparecer sin despertar la misma resistencia.
Pero en esa imagen condensa también otra cosa. Los padres de las amigas no son personajes neutros: son, en el sueño, la voz del grupo. Son quienes tienen la autoridad de juzgar, quienes representan la pertenencia a ese mundo que ella teme perder. En una sola escena, el sueño reúne el miedo al rechazo, la imagen de autoridad que valida o excluye, y el colegio como objeto que concentra toda la decisión. Eso es condensación: varios sentidos, varias representaciones, articulados en una imagen que los sostiene a todos al mismo tiempo. Lo que en el pensamiento consciente exigiría varios pasos, el inconsciente lo presenta comprimido, como si una sola imagen pudiera cargar con todo.
Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, como insistió Lacan, es precisamente porque opera con estas dos lógicas: la metáfora (que sustituye, que condensa un sentido en otro) y la metonimia (que desplaza, que corre el afecto por la cadena significante hacia un término adyacente). El sueño de Valentina funciona más bien como un texto en el que algo del orden del deseo pudo expresarse desviándose, tomando un camino lateral para eludir la represión que habría bloqueado su aparición directa.
Lo que el sueño dice, entonces, se corre de lo que parece decir. El colegio es la superficie; debajo está el miedo a quedar afuera: afuera del grupo, afuera de la pertenencia que ella conoce, afuera del lugar que ese vínculo le da. Y ese miedo no pudo decirse así de frente, porque decirlo así de frente hubiera implicado reconocer que la decisión no se trata de ninguna institución educativa sino de la pregunta de si ella puede seguir siendo aceptada si cambia algo.
Ahí es donde el análisis abre algo el espacio para que eso que el sueño tramitó de manera desviada pueda empezar a encontrar palabras. Que poner en palabras lo que no las tenía puede cambiar algo: eso es exactamente lo que el sueño de Valentina estaba esperando que ocurriera.
¿Para qué sirve saber esto?
No hace falta haber leído a Freud ni a Lacan para reconocer algo de lo que describe el concepto de inconsciente. Alcanza con haber dicho algo que uno no pensaba decir, o con haber evitado sistemáticamente algo sin saber bien por qué, o con haber repetido un patrón en distintos vínculos hasta que se volvió imposible no verlo.
El inconsciente da testimonio de algo más preciso que una fuerza oscura: que nuestra historia personal (incluyendo lo que no recordamos, lo que no pudimos decir, lo que se nos impuso antes de que pudiéramos cuestionarlo) sigue activa y deja efectos. Y que esos efectos tienen una lógica, aunque esa lógica no sea la de la conciencia.
En eso reside, también, la apuesta del psicoanálisis: que hablar tiene consecuencias. Que poner en palabras lo que no tenía palabras puede cambiar algo. Que el malestar, el síntoma, puede encontrar (en el espacio de una escucha) algo del orden de una respuesta.
Referencias bibliográficas
- Freud, S. (1915). Lo inconsciente. En Obras completas (Vol. 14). Amorrortu.
- Freud, S. (1923). El yo y el ello. En Obras completas (Vol. 19). Amorrortu.
- Lacan, J. (2009). La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud. En Escritos 1. Siglo XXI. (Texto original de 1957.)
- Lacan, J. (2009). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. Siglo XXI. (Texto original de 1953.)
- Lacan, J. (1981). El Seminario, Libro 1: Los escritos técnicos de Freud. Paidós.
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