En un mundo que apuesta cada vez con más fuerza a la rapidez del fármaco y a la taxonomía del DSM, la Argentina sostiene una relación particular con la palabra y con el síntoma. Un recorrido por las razones históricas y clínicas de esa singularidad.
Tal vez Argentina sea el país más psicoanalítico del mundo. Esto lo vemos tanto a nivel de la cultura popular como en los espacios de formación; basta con ver los programas académicos de las facultades de psicología en el país para advertirlo. Por otra parte, hay países donde el diván quedó asociado a una época cerrada, una pieza casi de museo del siglo pasado, mientras la conversación sobre salud mental se desplazó hacia el cerebro, los neurotransmisores y el algoritmo diagnóstico. La Argentina ocupa, en ese mapa, un lugar peculiar. Acá el psicoanálisis sigue funcionando como un clima de opinión, una manera de leer lo que pasa que excede ampliamente el consultorio: aparece en la sobremesa, en la conversación política, en el chiste cotidiano sobre el "acto fallido" de un familiar. El historiador Mariano Ben Plotkin, retomando una observación del poeta W. H. Auden, señala que el psicoanálisis argentino se volvió un sistema interpretativo universal, un mapa conceptual con el que buena parte de la sociedad ordena su experiencia.
Esa persistencia tiene una historia que podemos reconstruir, y tiene también una razón clínica actual: en un momento en que el sufrimiento psíquico tiende a leerse como un desajuste bioquímico corregible con medicamentos, sostener la singularidad de cada historia funciona, además de como elección terapéutica, como una posición ética.
Esa discusión la escuché muchas veces en la facultad, en pasillos y en clases, y también me la cuestioné yo mismo en más de una oportunidad: la objeción de que el psicoanálisis queda afuera del molde de lo que hoy entendemos por terapia basada en la evidencia, con sus ensayos controlados, sus metaanálisis y sus protocolos. Me parece importante tomar en serio esta objeción, recoger el guante y reflexionar sobre el asunto. Pensar el psicoanálisis únicamente desde esos parámetros deja, sin embargo, una pregunta sin formular: por qué un país entero, con una historia tan particular como la argentina, construyó alrededor de esta práctica un lugar que ningún otro discurso clínico llegó a ocupar de la misma manera. Esa pregunta abre una dimensión distinta del problema, ligada fundamentalmente a la función cultural y subjetiva que el psicoanálisis terminó cumpliendo acá.
De dónde viene esa singularidad
La pregunta por el arraigo del psicoanálisis en la Argentina conduce a hacer un poco de historia de la salud mental en el país. A comienzos del siglo XX el país no contaba con una tradición psiquiátrica consolidada ni con escuelas neurológicas de peso, a diferencia de lo que ocurría en buena parte de Europa. El neurólogo alemán Cristofredo Jakob, desde el laboratorio del Hospicio de las Mercedes (actual Borda), defendía un somatismo estricto que buscaba en la morfología cerebral el origen de todo padecimiento psíquico; ese positivismo empezó a perder terreno con la crisis de valores que trajo la Primera Guerra Mundial y con el idealismo antipositivista que impulsó la Reforma Universitaria de 1918 en Córdoba. En ese resquicio, el psicoanálisis encontró espacio para presentarse como una vía moderna y sofisticada de pensar lo humano.
La recepción local, lejos de tratarse de una importación ortodoxa, fue un proceso de mezcla donde lo nuevo se injertaba en marcos previos de maneras que hoy sorprenden. El informe pericial que el médico forense Juan Ramón Beltrán escribió en 1927 sobre un asesino múltiple combina, en un mismo documento, la antropología criminal de Cesare Lombroso (que leía en los rasgos físicos del acusado señales de degeneración atávica) con un análisis extenso de su historia sexual apoyado en categorías freudianas. Médicos como José Ingenieros, que se declaraban somatistas y desconfiaban del rigor científico de Freud, abrieron sin embargo espacio en sus publicaciones para temas como los sueños y la sexualidad, dejando entrar al psicoanálisis por una puerta lateral que con el tiempo se volvió central.
Lo que terminó de instalar la idea en el imaginario colectivo fue su circulación fuera del ámbito estrictamente médico. Ya en los años veinte y treinta, una revista masiva como El Hogar publicaba con regularidad sobre psicoanálisis junto a notas de literatura de vanguardia, dando por sentado que el lector ya manejaba el vocabulario freudiano sin necesitar explicaciones básicas. Para una clase media en expansión, analizarse funcionó como un marcador de modernidad secular, una manera de pensar el padecimiento propio en un momento en que la fe religiosa dejaba de alcanzar como sistema de sentido único.
La fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en diciembre de 1942, le dio a ese proceso un anclaje institucional duradero. Firmaron el acta fundacional Ángel Garma, psiquiatra español formado en Berlín bajo la supervisión de Theodor Reik; Celes Cárcamo, analizado en París por Paul Schiff; Arnaldo Rascovsky y Enrique Pichon-Rivière, que por esos años ya trabajaban juntos en el Hospicio de las Mercedes (Pichon-Rivière había nacido en Ginebra, pero se crio en Corrientes y en el Chaco, donde su familia se instaló cuando él era chico); Marie Langer, psicoanalista vienesa de origen judío que llegó al país escapando de la persecución nazi; y Guillermo Ferrari Hardoy, proveniente de una familia tradicional de la oligarquía terrateniente porteña. Ese grupo fundador, con trayectorias y orígenes tan distintos entre sí, impidió que el psicoanálisis quedara fijado como un cuerpo extranjero por argentinizar. Esa heterogeneidad de origen, con el tiempo, fue lo que le permitió atravesar décadas de inestabilidad política sin perder relevancia social, desplazar la influencia kleiniana por la lectura lacaniana y consolidar a Buenos Aires como un centro de formación de analistas para buena parte de la región.
Lo que se busca cuando se elige hablar
Queda la pregunta por el presente. Con la oferta farmacológica creciendo y la velocidad del diagnóstico estandarizado ganando terreno en buena parte del mundo, conviene preguntarse qué sostiene, todavía, la decisión de subir las escaleras hacia un consultorio para hablar. El psicoanalista José Eduardo Abadi ubica esa elección en una demanda de reconocimiento subjetivo que el modelo médico clásico no ofrece: la persona que llega a análisis busca, además de que un síntoma se atenúe, entender qué dice ese síntoma sobre su historia particular.
Esa búsqueda funciona como una resistencia silenciosa frente a la lógica de la inmediatez que organiza buena parte de la vida contemporánea. El fármaco, cuando opera como respuesta única, apunta a silenciar la señal para que el sujeto pueda seguir rindiendo sin interrupciones; el trabajo analítico respeta, en cambio, un tiempo propio del inconsciente que no coincide con el tiempo del mercado. La palabra funciona, en ese sentido, como un refugio donde alguien puede reconocerse en lo que tiene de irreductible, en eso que ningún promedio estadístico llega a capturar del todo.
El DSM y la pérdida de la historia personal
Una crítica que conviene sostener con cuidado clínico apunta directamente al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. La psicoanalista e historiadora Elisabeth Roudinesco describe lo que llama una sociedad depresiva, en la cual el sufrimiento psíquico pierde su dimensión trágica y queda reducido a un trastorno corregible mediante intervención técnica. El diagnóstico construido a partir de criterios observables y acumulables deja afuera, casi por diseño, el sentido que esa conducta tiene para quien la atraviesa.
Esa reducción, desde la perspectiva freudiana, tiene un costo irreductible: el síntoma deja de pensarse como una formación del inconsciente que porta un mensaje cifrado y pasa a tratarse como un desvío estadístico a normalizar. El trabajo clínico que insiste en la singularidad de cada historia, frente a una etiqueta que agrupa bajo un mismo nombre presentaciones muy distintas entre sí, sostiene una premisa innegociable: ningún tratamiento puede prescindir por completo del sentido que porta aquello que se padece.
El malestar de hoy y la caída de las certezas
El malestar contemporáneo trae, además, configuraciones nuevas. La teoría lacaniana describe la erosión de lo que Lacan llamó el Nombre del Padre, esa función simbólica que antes ordenaba el lugar de cada quien frente a la ley y frente al deseo. Su debilitamiento dejó al sujeto más expuesto a la lógica del consumo, que promete una satisfacción inmediata sin terminar nunca de cumplir esa promesa.
El objeto de consumo, por su propia naturaleza caduca, deja tras de sí una insatisfacción que se repite y que alimenta formas de sufrimiento que ya no toman la forma clásica de la neurosis basada en la represión: las adicciones, los trastornos alimentarios y los ataques de pánico aparecen hoy como modos en que un sujeto desbordado intenta tapar, una y otra vez, una falta que ningún objeto llega a llenar del todo. Frente a esa fragmentación, el trabajo analítico apuesta por reconstruir un lazo sostenido en la palabra y en el reconocimiento del otro, una apuesta que adquiere, en este contexto, una dimensión que excede lo estrictamente terapéutico.
Un país que necesitó elaborar sus traumas
Hay una razón más, menos institucional y más profunda, que también explica por qué el psicoanálisis encontró en la Argentina un terreno tan fértil. Es un país atravesado por capas sucesivas de trauma colectivo: el terrorismo de Estado y la desaparición sistemática de personas durante la última dictadura militar, el exilio masivo de buena parte de una generación, las crisis económicas recurrentes que desarmaron proyectos de vida enteros. Frente a ese tipo de experiencia, lo necesario excede la contención del síntoma inmediato: hace falta un dispositivo capaz de alojar una historia que no encuentra fácilmente las palabras para decirse, y de sostener el tiempo largo que ese trabajo exige.
El psicoanálisis ofreció, en ese sentido, un marco donde el trauma podía empezar a elaborarse en lugar de quedar sepultado bajo el silencio o la urgencia de seguir funcionando. Buena parte del trabajo con organismos de derechos humanos, con sobrevivientes y con familiares de desaparecidos, y buena parte también de lo que se produjo en hospitales públicos durante y después de la dictadura, se apoyó en categorías psicoanalíticas para pensar el duelo de quienes no tienen un cuerpo que enterrar, la transmisión de ese horror entre generaciones, la pregunta por cómo seguir viviendo después de atravesar lo intolerable. Que un país con esa historia haya sostenido, durante tanto tiempo y de manera tan extendida, un discurso centrado en la elaboración antes que en la supresión del síntoma, dice bastante sobre la función que el psicoanálisis terminó cumpliendo acá: terapéutica, cultural, casi comunitaria.
Lo que sostiene, en el fondo, esta persistencia cultural es una apuesta por el sujeto con historia frente al sujeto reducido a una etiqueta. La Argentina construyó, a lo largo de más de un siglo y atravesando dictadura, exilio y crisis económicas sucesivas, un terreno donde el psicoanálisis se volvió parte del lenguaje con el que la sociedad procesa sus crisis, sus duelos colectivos y sus vínculos cotidianos. Volviendo a la pregunta de la facultad, la de la evidencia y los protocolos: tal vez la evidencia más contundente de lo que el psicoanálisis puede ofrecer sea esa persistencia misma, la manera en que un país entero siguió, generación tras generación, recurriendo a esta práctica para procesar lo que vivió de manera traumática. Esa trama cultural sostiene un espacio donde el padecimiento puede convertirse en pregunta antes que en número de una estadística, y donde la angustia conserva su estatuto de señal en lugar de buscar apaciguarla solamente.
Si algo de este recorrido resuena con tu propia experiencia, ya sea con la terapia, con la desconfianza hacia ella o con la pregunta de qué hacer con un malestar, ese es exactamente el tipo de pregunta con la que vale la pena empezar a trabajar.
- Abadi, J. E. (2025, 6 de octubre). ¿Por qué los argentinos seguimos eligiendo el psicoanálisis? [Video]. Infobae.
- Asociación Psicoanalítica Argentina. (s.f.). Historia. apa.org.ar
- Kordon, D. R., Edelman, L. I. y colaboradores. (1986). Efectos psicológicos de la represión política. Sudamericana-Planeta. Disponible en: centrodocumentacion.psicosocial.net
- Plotkin, M. B. (2003). Freud en las pampas: orígenes y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983) (M. Borinsky, Trad.). Sudamericana.
- Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
- Roudinesco, E. (2021). El sujeto y sus descontentos: una crítica a la sociedad depresiva y la taxonomía del DSM. Paidós.
- Universidad Nacional de San Luis (UNSL). (2023). Subjetividad y malestar en el capitalismo tardío: desafíos ante la caída de los referentes simbólicos [Documento de cátedra].
Material de divulgación · No reemplaza la consulta profesional · © Lic. Javier Azarola · psicoazarola.com.ar
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