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Freud en las pampas: por qué la Argentina sigue eligiendo el diván

Freud on the Pampas: why Argentina keeps choosing the couch

Por qué la Argentina construyó alrededor del psicoanálisis un lugar que ningún otro discurso clínico llegó a ocupar de la misma manera.

Why Argentina built around psychoanalysis a place that no other clinical discourse came to occupy in the same way.

Lic. Javier Azarola
Lic. Javier Azarola Psicólogo clínico · Mat. N° 89.410 9 de agosto de 2026
Lic. Javier Azarola
Lic. Javier Azarola Clinical psychologist · Lic. N° 89.410 August 9, 2026
Diván en la pampa al atardecer

En un mundo que apuesta cada vez con más fuerza a la rapidez del fármaco y a la taxonomía del DSM, la Argentina sostiene una relación particular con la palabra y con el síntoma. Un recorrido por las razones históricas y clínicas de esa singularidad.

Tal vez Argentina sea el país más psicoanalítico del mundo. Esto lo vemos tanto a nivel de la cultura popular como en los espacios de formación; basta con ver los programas académicos de las facultades de psicología en el país para advertirlo. Por otra parte, hay países donde el diván quedó asociado a una época cerrada, una pieza casi de museo del siglo pasado, mientras la conversación sobre salud mental se desplazó hacia el cerebro, los neurotransmisores y el algoritmo diagnóstico. La Argentina ocupa, en ese mapa, un lugar peculiar. Acá el psicoanálisis sigue funcionando como un clima de opinión, una manera de leer lo que pasa que excede ampliamente el consultorio: aparece en la sobremesa, en la conversación política, en el chiste cotidiano sobre el "acto fallido" de un familiar. El historiador Mariano Ben Plotkin, retomando una observación del poeta W. H. Auden, señala que el psicoanálisis argentino se volvió un sistema interpretativo universal, un mapa conceptual con el que buena parte de la sociedad ordena su experiencia.

Esa persistencia tiene una historia que podemos reconstruir, y tiene también una razón clínica actual: en un momento en que el sufrimiento psíquico tiende a leerse como un desajuste bioquímico corregible con medicamentos, sostener la singularidad de cada historia funciona, además de como elección terapéutica, como una posición ética.

Esa discusión la escuché muchas veces en la facultad, en pasillos y en clases, y también me la cuestioné yo mismo en más de una oportunidad: la objeción de que el psicoanálisis queda afuera del molde de lo que hoy entendemos por terapia basada en la evidencia, con sus ensayos controlados, sus metaanálisis y sus protocolos. Me parece importante tomar en serio esta objeción, recoger el guante y reflexionar sobre el asunto. Pensar el psicoanálisis únicamente desde esos parámetros deja, sin embargo, una pregunta sin formular: por qué un país entero, con una historia tan particular como la argentina, construyó alrededor de esta práctica un lugar que ningún otro discurso clínico llegó a ocupar de la misma manera. Esa pregunta abre una dimensión distinta del problema, ligada fundamentalmente a la función cultural y subjetiva que el psicoanálisis terminó cumpliendo acá.

De dónde viene esa singularidad

La pregunta por el arraigo del psicoanálisis en la Argentina conduce a hacer un poco de historia de la salud mental en el país. A comienzos del siglo XX el país no contaba con una tradición psiquiátrica consolidada ni con escuelas neurológicas de peso, a diferencia de lo que ocurría en buena parte de Europa. El neurólogo alemán Cristofredo Jakob, desde el laboratorio del Hospicio de las Mercedes (actual Borda), defendía un somatismo estricto que buscaba en la morfología cerebral el origen de todo padecimiento psíquico; ese positivismo empezó a perder terreno con la crisis de valores que trajo la Primera Guerra Mundial y con el idealismo antipositivista que impulsó la Reforma Universitaria de 1918 en Córdoba. En ese resquicio, el psicoanálisis encontró espacio para presentarse como una vía moderna y sofisticada de pensar lo humano.

La recepción local, lejos de tratarse de una importación ortodoxa, fue un proceso de mezcla donde lo nuevo se injertaba en marcos previos de maneras que hoy sorprenden. El informe pericial que el médico forense Juan Ramón Beltrán escribió en 1927 sobre un asesino múltiple combina, en un mismo documento, la antropología criminal de Cesare Lombroso (que leía en los rasgos físicos del acusado señales de degeneración atávica) con un análisis extenso de su historia sexual apoyado en categorías freudianas. Médicos como José Ingenieros, que se declaraban somatistas y desconfiaban del rigor científico de Freud, abrieron sin embargo espacio en sus publicaciones para temas como los sueños y la sexualidad, dejando entrar al psicoanálisis por una puerta lateral que con el tiempo se volvió central.

Lo que terminó de instalar la idea en el imaginario colectivo fue su circulación fuera del ámbito estrictamente médico. Ya en los años veinte y treinta, una revista masiva como El Hogar publicaba con regularidad sobre psicoanálisis junto a notas de literatura de vanguardia, dando por sentado que el lector ya manejaba el vocabulario freudiano sin necesitar explicaciones básicas. Para una clase media en expansión, analizarse funcionó como un marcador de modernidad secular, una manera de pensar el padecimiento propio en un momento en que la fe religiosa dejaba de alcanzar como sistema de sentido único.

La fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en diciembre de 1942, le dio a ese proceso un anclaje institucional duradero. Firmaron el acta fundacional Ángel Garma, psiquiatra español formado en Berlín bajo la supervisión de Theodor Reik; Celes Cárcamo, analizado en París por Paul Schiff; Arnaldo Rascovsky y Enrique Pichon-Rivière, que por esos años ya trabajaban juntos en el Hospicio de las Mercedes (Pichon-Rivière había nacido en Ginebra, pero se crio en Corrientes y en el Chaco, donde su familia se instaló cuando él era chico); Marie Langer, psicoanalista vienesa de origen judío que llegó al país escapando de la persecución nazi; y Guillermo Ferrari Hardoy, proveniente de una familia tradicional de la oligarquía terrateniente porteña. Ese grupo fundador, con trayectorias y orígenes tan distintos entre sí, impidió que el psicoanálisis quedara fijado como un cuerpo extranjero por argentinizar. Esa heterogeneidad de origen, con el tiempo, fue lo que le permitió atravesar décadas de inestabilidad política sin perder relevancia social, desplazar la influencia kleiniana por la lectura lacaniana y consolidar a Buenos Aires como un centro de formación de analistas para buena parte de la región.

Lo que se busca cuando se elige hablar

Queda la pregunta por el presente. Con la oferta farmacológica creciendo y la velocidad del diagnóstico estandarizado ganando terreno en buena parte del mundo, conviene preguntarse qué sostiene, todavía, la decisión de subir las escaleras hacia un consultorio para hablar. El psicoanalista José Eduardo Abadi ubica esa elección en una demanda de reconocimiento subjetivo que el modelo médico clásico no ofrece: la persona que llega a análisis busca, además de que un síntoma se atenúe, entender qué dice ese síntoma sobre su historia particular.

Esa búsqueda funciona como una resistencia silenciosa frente a la lógica de la inmediatez que organiza buena parte de la vida contemporánea. El fármaco, cuando opera como respuesta única, apunta a silenciar la señal para que el sujeto pueda seguir rindiendo sin interrupciones; el trabajo analítico respeta, en cambio, un tiempo propio del inconsciente que no coincide con el tiempo del mercado. La palabra funciona, en ese sentido, como un refugio donde alguien puede reconocerse en lo que tiene de irreductible, en eso que ningún promedio estadístico llega a capturar del todo.

El DSM y la pérdida de la historia personal

Una crítica que conviene sostener con cuidado clínico apunta directamente al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. La psicoanalista e historiadora Elisabeth Roudinesco describe lo que llama una sociedad depresiva, en la cual el sufrimiento psíquico pierde su dimensión trágica y queda reducido a un trastorno corregible mediante intervención técnica. El diagnóstico construido a partir de criterios observables y acumulables deja afuera, casi por diseño, el sentido que esa conducta tiene para quien la atraviesa.

Esa reducción, desde la perspectiva freudiana, tiene un costo irreductible: el síntoma deja de pensarse como una formación del inconsciente que porta un mensaje cifrado y pasa a tratarse como un desvío estadístico a normalizar. El trabajo clínico que insiste en la singularidad de cada historia, frente a una etiqueta que agrupa bajo un mismo nombre presentaciones muy distintas entre sí, sostiene una premisa innegociable: ningún tratamiento puede prescindir por completo del sentido que porta aquello que se padece.

El malestar de hoy y la caída de las certezas

El malestar contemporáneo trae, además, configuraciones nuevas. La teoría lacaniana describe la erosión de lo que Lacan llamó el Nombre del Padre, esa función simbólica que antes ordenaba el lugar de cada quien frente a la ley y frente al deseo. Su debilitamiento dejó al sujeto más expuesto a la lógica del consumo, que promete una satisfacción inmediata sin terminar nunca de cumplir esa promesa.

El objeto de consumo, por su propia naturaleza caduca, deja tras de sí una insatisfacción que se repite y que alimenta formas de sufrimiento que ya no toman la forma clásica de la neurosis basada en la represión: las adicciones, los trastornos alimentarios y los ataques de pánico aparecen hoy como modos en que un sujeto desbordado intenta tapar, una y otra vez, una falta que ningún objeto llega a llenar del todo. Frente a esa fragmentación, el trabajo analítico apuesta por reconstruir un lazo sostenido en la palabra y en el reconocimiento del otro, una apuesta que adquiere, en este contexto, una dimensión que excede lo estrictamente terapéutico.

Un país que necesitó elaborar sus traumas

Hay una razón más, menos institucional y más profunda, que también explica por qué el psicoanálisis encontró en la Argentina un terreno tan fértil. Es un país atravesado por capas sucesivas de trauma colectivo: el terrorismo de Estado y la desaparición sistemática de personas durante la última dictadura militar, el exilio masivo de buena parte de una generación, las crisis económicas recurrentes que desarmaron proyectos de vida enteros. Frente a ese tipo de experiencia, lo necesario excede la contención del síntoma inmediato: hace falta un dispositivo capaz de alojar una historia que no encuentra fácilmente las palabras para decirse, y de sostener el tiempo largo que ese trabajo exige.

El psicoanálisis ofreció, en ese sentido, un marco donde el trauma podía empezar a elaborarse en lugar de quedar sepultado bajo el silencio o la urgencia de seguir funcionando. Buena parte del trabajo con organismos de derechos humanos, con sobrevivientes y con familiares de desaparecidos, y buena parte también de lo que se produjo en hospitales públicos durante y después de la dictadura, se apoyó en categorías psicoanalíticas para pensar el duelo de quienes no tienen un cuerpo que enterrar, la transmisión de ese horror entre generaciones, la pregunta por cómo seguir viviendo después de atravesar lo intolerable. Que un país con esa historia haya sostenido, durante tanto tiempo y de manera tan extendida, un discurso centrado en la elaboración antes que en la supresión del síntoma, dice bastante sobre la función que el psicoanálisis terminó cumpliendo acá: terapéutica, cultural, casi comunitaria.

Lo que sostiene, en el fondo, esta persistencia cultural es una apuesta por el sujeto con historia frente al sujeto reducido a una etiqueta. La Argentina construyó, a lo largo de más de un siglo y atravesando dictadura, exilio y crisis económicas sucesivas, un terreno donde el psicoanálisis se volvió parte del lenguaje con el que la sociedad procesa sus crisis, sus duelos colectivos y sus vínculos cotidianos. Volviendo a la pregunta de la facultad, la de la evidencia y los protocolos: tal vez la evidencia más contundente de lo que el psicoanálisis puede ofrecer sea esa persistencia misma, la manera en que un país entero siguió, generación tras generación, recurriendo a esta práctica para procesar lo que vivió de manera traumática. Esa trama cultural sostiene un espacio donde el padecimiento puede convertirse en pregunta antes que en número de una estadística, y donde la angustia conserva su estatuto de señal en lugar de buscar apaciguarla solamente.

Si algo de este recorrido resuena con tu propia experiencia, ya sea con la terapia, con la desconfianza hacia ella o con la pregunta de qué hacer con un malestar, ese es exactamente el tipo de pregunta con la que vale la pena empezar a trabajar.

  1. Abadi, J. E. (2025, 6 de octubre). ¿Por qué los argentinos seguimos eligiendo el psicoanálisis? [Video]. Infobae.
  2. Asociación Psicoanalítica Argentina. (s.f.). Historia. apa.org.ar
  3. Kordon, D. R., Edelman, L. I. y colaboradores. (1986). Efectos psicológicos de la represión política. Sudamericana-Planeta. Disponible en: centrodocumentacion.psicosocial.net
  4. Plotkin, M. B. (2003). Freud en las pampas: orígenes y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983) (M. Borinsky, Trad.). Sudamericana.
  5. Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
  6. Roudinesco, E. (2021). El sujeto y sus descontentos: una crítica a la sociedad depresiva y la taxonomía del DSM. Paidós.
  7. Universidad Nacional de San Luis (UNSL). (2023). Subjetividad y malestar en el capitalismo tardío: desafíos ante la caída de los referentes simbólicos [Documento de cátedra].

Material de divulgación · No reemplaza la consulta profesional · © Lic. Javier Azarola · psicoazarola.com.ar

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In a world that bets more and more heavily on the speed of the drug and the taxonomy of the DSM, Argentina maintains a particular relationship with the word and with the symptom. A look at the historical and clinical reasons for that singularity.

Argentina is perhaps the most psychoanalytic country in the world. This is evident both in popular culture and in training spaces; one only needs to look at the academic programs of psychology faculties in the country to see it. In many other places, the couch became associated with a closed era, almost a museum piece from the last century, while the conversation about mental health shifted toward the brain, neurotransmitters, and diagnostic algorithms. Argentina occupies, on that map, a peculiar place. Here psychoanalysis continues to function as a climate of opinion, a way of reading what happens that extends well beyond the consulting room: it appears at the dinner table, in political conversation, in the everyday joke about a family member's "Freudian slip." The historian Mariano Ben Plotkin, drawing on an observation by the poet W. H. Auden, argues that Argentine psychoanalysis became a universal interpretive system, a conceptual map with which a large part of society organises its experience.

That persistence has a history we can trace, and it also has a current clinical reason: at a moment when psychic suffering tends to be read as a biochemical imbalance correctable with medication, holding to the singularity of each history functions, beyond being a therapeutic choice, as an ethical position.

I heard this discussion many times at university, in hallways and in class, and I also questioned it myself on more than one occasion: the objection that psychoanalysis falls outside the mould of what we today understand as evidence-based therapy, with its controlled trials, its meta-analyses, and its protocols. I think it is important to take this objection seriously, to engage with it rather than dismiss it. Thinking about psychoanalysis only through those parameters leaves, however, a question unasked: why has an entire country, with a history as particular as Argentina's, built around this practice a place that no other clinical discourse has come to occupy in the same way. That question opens a different dimension of the problem, one tied fundamentally to the cultural and subjective function that psychoanalysis ended up fulfilling here.

Where that singularity comes from

The question of psychoanalysis's rootedness in Argentina leads to a brief history of mental health in the country. At the beginning of the twentieth century, Argentina lacked a consolidated psychiatric tradition or significant neurological schools, unlike much of Europe. The German neurologist Cristofredo Jakob, from his laboratory at the Hospicio de las Mercedes (today's Borda hospital), defended a strict somaticism that looked for the origin of every psychic ailment in the morphology of the brain; that positivism began to lose ground with the crisis of values brought by the First World War and with the anti-positivist idealism that the University Reform of 1918 in Córdoba set in motion. In that opening, psychoanalysis found space to present itself as a modern and sophisticated way of thinking about the human.

The local reception, far from being an orthodox importation, was a process of mixing in which the new was grafted onto existing frameworks in ways that now seem surprising. The expert report that the forensic doctor Juan Ramón Beltrán wrote in 1927 about a multiple murderer combines, in a single document, the criminal anthropology of Cesare Lombroso (who read in the accused's physical features signs of atavistic degeneration) with an extensive analysis of his sexual history grounded in Freudian categories. Physicians like José Ingenieros, who declared themselves somaticists and distrusted the scientific rigour of Freud, nevertheless opened space in their publications for topics like dreams and sexuality, letting psychoanalysis in through a side door that with time became central.

What finally installed the idea in the collective imagination was its circulation outside the strictly medical sphere. Already in the nineteen-twenties and thirties, a mass-circulation magazine like El Hogar published regularly about psychoanalysis alongside avant-garde literary pieces, taking for granted that readers already knew Freudian vocabulary without needing basic explanations. For an expanding middle class, being analysed functioned as a marker of secular modernity, a way of thinking about one's own suffering at a moment when religious faith was no longer sufficient as a sole system of meaning.

The founding of the Argentine Psychoanalytic Association, in December 1942, gave that process a lasting institutional anchor. The founding certificate was signed by Ángel Garma, a Spanish psychiatrist trained in Berlin under the supervision of Theodor Reik; Celes Cárcamo, analysed in Paris by Paul Schiff; Arnaldo Rascovsky and Enrique Pichon-Rivière, who by that point were already working together at the Hospicio de las Mercedes (Pichon-Rivière had been born in Geneva, but grew up in Corrientes and the Chaco, where his family settled when he was a child); Marie Langer, a Viennese psychoanalyst of Jewish origin who arrived in the country fleeing Nazi persecution; and Guillermo Ferrari Hardoy, from a traditional family of the Buenos Aires landed oligarchy. That founding group, with trajectories and origins so different from each other, prevented psychoanalysis from being fixed as a foreign body in need of argentinisation. That heterogeneity of origin, over time, was what allowed it to survive decades of political instability without losing social relevance, to displace Kleinian influence in favour of Lacanian readings, and to consolidate Buenos Aires as a centre for training analysts across much of the region.

What one seeks when one chooses to speak

The question of the present remains. With the pharmacological offering growing and the speed of standardised diagnosis gaining ground across much of the world, it is worth asking what still sustains the decision to climb the stairs toward a consulting room to talk. The psychoanalyst José Eduardo Abadi locates that choice in a demand for subjective recognition that the classical medical model does not offer: the person who arrives in analysis seeks, beyond having a symptom ease, to understand what that symptom says about their particular history.

That search functions as a silent resistance against the logic of immediacy that organises much of contemporary life. The drug, when it operates as the sole response, aims to silence the signal so that the subject can keep performing without interruption; analytic work respects, by contrast, a time proper to the unconscious that does not coincide with the time of the market. The word functions, in that sense, as a refuge where someone can recognise themselves in what is irreducible about them, in something that no statistical average quite manages to capture.

The DSM and the loss of personal history

A critique worth sustaining with clinical care points directly at the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. The psychoanalyst and historian Elisabeth Roudinesco describes what she calls a depressive society, in which psychic suffering loses its tragic dimension and is reduced to a disorder correctable through technical intervention. The diagnosis constructed from observable and accumulative criteria leaves out, almost by design, the sense that that conduct holds for the person living it.

That reduction, from a Freudian perspective, carries an irreducible cost: the symptom ceases to be thought of as a formation of the unconscious that carries an encoded message and comes to be treated as a statistical deviation to be normalised. The clinical work that insists on the singularity of each history, against a label that groups very different presentations under the same name, holds to an unnegotiable premise: no treatment can fully do without the meaning carried by what is being suffered.

Today's malaise and the fall of certainties

Contemporary malaise brings, moreover, new configurations. Lacanian theory describes the erosion of what Lacan called the Name-of-the-Father, that symbolic function that once organised each person's place in relation to law and to desire. Its weakening left the subject more exposed to the logic of consumption, which promises immediate satisfaction without ever quite fulfilling that promise.

The consumer object, by its own perishable nature, leaves behind a dissatisfaction that repeats and feeds forms of suffering that no longer take the classical shape of neurosis based in repression: addictions, eating disorders, and panic attacks appear today as ways in which an overwhelmed subject tries to plug, again and again, a lack that no object manages to fill. Faced with that fragmentation, analytic work bets on rebuilding a bond sustained in the word and in the recognition of the other, a bet that acquires, in this context, a dimension that exceeds the strictly therapeutic.

A country that needed to work through its traumas

There is one more reason, less institutional and more profound, that also explains why psychoanalysis found such fertile ground in Argentina. It is a country traversed by successive layers of collective trauma: the State terrorism and systematic disappearance of people during the last military dictatorship, the mass exile of a large part of a generation, the recurring economic crises that dismantled entire life projects. Faced with that kind of experience, what is needed goes beyond containing the immediate symptom: it requires a framework capable of holding a history that does not easily find words to say itself, and of sustaining the long time that work requires.

Psychoanalysis offered, in that sense, a framework where trauma could begin to be worked through rather than buried under silence or the urgency to keep functioning. Much of the work with human rights organisations, with survivors and with relatives of the disappeared, and much of what was produced in public hospitals during and after the dictatorship, drew on psychoanalytic categories to think about grief without a body to bury, the transmission of that horror across generations, the question of how to keep living after having passed through the intolerable. That a country with that history sustained, for so long and so widely, a discourse centred on working-through rather than symptom suppression says a great deal about the function psychoanalysis ended up fulfilling here: therapeutic, cultural, almost communal.

What sustains, at bottom, this cultural persistence is a bet on the subject with history against the subject reduced to a label. Argentina built, over more than a century and through dictatorship, exile, and successive economic crises, a ground where psychoanalysis became part of the language with which society processes its crises, its collective griefs, and its everyday bonds. Returning to the university question, the one about evidence and protocols: perhaps the most compelling evidence of what psychoanalysis can offer is that persistence itself, the way an entire country kept turning, generation after generation, to this practice to process what it lived through in traumatic ways. That cultural fabric sustains a space where suffering can become a question rather than a statistic, and where anxiety keeps its status as a signal rather than something to be merely quieted.

If something in this account resonates with your own experience, whether with therapy, with scepticism toward it, or with the question of what to do with a distress that still has no name, that is exactly the kind of question worth starting to work with.

  1. Abadi, J. E. (2025, October 6). ¿Por qué los argentinos seguimos eligiendo el psicoanálisis? [Video]. Infobae.
  2. Argentine Psychoanalytic Association. (n.d.). History. apa.org.ar
  3. Kordon, D. R., Edelman, L. I. et al. (1986). Efectos psicológicos de la represión política. Sudamericana-Planeta. Available at: centrodocumentacion.psicosocial.net
  4. Plotkin, M. B. (2003). Freud in the Pampas: The Emergence and Development of a Psychoanalytic Culture in Argentina. Stanford University Press.
  5. Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
  6. Roudinesco, E. (2021). El sujeto y sus descontentos: una crítica a la sociedad depresiva y la taxonomía del DSM. Paidós.
  7. Universidad Nacional de San Luis (UNSL). (2023). Subjetividad y malestar en el capitalismo tardío: desafíos ante la caída de los referentes simbólicos [Course document].

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