Una de las preguntas que me hice cuando empecé a trabajar en un hospital de día de Buenos Aires fue esta: ¿puede un taller de escritura hacer algo que la terapia individual no siempre logra? La respuesta, después de observar lo que ocurría en ese espacio semana a semana, es que sí. Pero no de la manera que uno esperaría.
La psicosis — y hablo específicamente de la esquizofrenia — suele describirse en términos de lo que falta: el contacto con la realidad compartida, la coherencia del lenguaje, la capacidad de sostener vínculos. Esa mirada deficitaria tiene algo de verdad clínica, pero deja afuera algo esencial: que la persona que la atraviesa también inventa, también crea, también busca — a su manera — una forma de habitar el mundo con otros.
Lo que observé en ese hospital de día me convencí de que el taller de escritura era, para algunos pacientes, uno de los pocos espacios donde eso podía ocurrir.
Lo que la psicosis hace con el lenguaje
Para entender por qué la escritura puede importar en la psicosis, primero hay que entender qué le hace la psicosis al lenguaje. No es un detalle menor: el lenguaje es el territorio principal donde la psicosis esquizofrénica opera.
En condiciones ordinarias, el lenguaje funciona como un puente entre personas. Las palabras tienen significados compartidos, y ese acuerdo tácito es lo que permite la conversación, el vínculo, la vida social. En la esquizofrenia, ese puente se vuelve inestable. Las palabras pueden deslizarse de su significado habitual, las frases pueden girar sobre sí mismas sin llegar a un punto, el discurso puede moverse de una imagen a otra sin que el interlocutor pueda seguirlo.
Lacan trabajó esto en detalle: la psicosis produce lo que él llamaba estar fuera del discurso — fuera de esa red de significados compartidos que hace posible el lazo social. No es que la persona no hable: es que su habla no encuentra fácilmente el camino hacia el otro. Y cuando eso ocurre, el aislamiento no es solo una consecuencia de la enfermedad: es parte de su lógica interna.
«El lenguaje cobra vida propia y habla a través de él; el cuerpo que habita deja también de pertenecerle.»
— J. M. Álvarez, Vocabulario de psicopatología, 2023
La pregunta clínica, entonces, no es solo cómo aliviar los síntomas — sino cómo ayudar a alguien a encontrar una forma de hacer lazo social cuando el lenguaje ordinario no le alcanza para eso. Y ahí es donde el taller de escritura aparece como una posibilidad inesperada.
Joyce, Schreber y la función de escribir
Que la escritura puede tener una función estabilizadora en la psicosis no es una hipótesis nueva. El psicoanálisis tiene dos casos paradigmáticos que lo demuestran, aunque de maneras muy distintas.
Daniel Paul Schreber fue un juez alemán que en el siglo XIX atravesó una psicosis severa y la narró con detalle en sus memorias. Freud analizó esos escritos y encontró en ellos algo más que un testimonio: la escritura había sido para Schreber una forma de organizar y transmitir su experiencia delirante, de dirigirla hacia un Otro — en este caso, la comunidad científica. El delirio publicado se volvía comunicable. Hacía, a su manera, un lazo.
James Joyce es el otro caso, trabajado por Lacan en su Seminario 23. Joyce nunca tuvo una psicosis clínica declarada, pero Lacan identificó en su estructura subjetiva — y en su relación con el lenguaje — rasgos que permitían pensar su escritura como una solución: una forma de anudarse al mundo, de construir una identidad y un lugar social a través de la obra. «Autodenominarse el artista», escribió Lacan, tiene en Joyce el estatuto de un acto que nombra y que anuda.
Función de ordenamiento: la escritura puede fijar lo que en el lenguaje oral se desliza sin anclaje. Armar una cronología, una historia, un personaje — aunque sea fragmentado — es un modo de poner orden en una experiencia que tiende a la dispersión.
Función de lazo: un texto escrito y leído en voz alta ante otros crea un circuito que el habla sola no siempre logra. La producción literaria, cuando es recibida con interés genuino, conecta a quien la produce con quienes la escuchan — aun cuando el contenido sea extraño o difícil de seguir.
Función de espacio potencial: el taller funciona como un encuadre que sostiene. Un nombre, un tiempo, un espacio. Dentro de ese marco, la subjetividad de cada participante tiene dónde desplegarse sin necesidad de adecuarse al discurso compartido habitual.
Lo que ocurre en el taller
El taller de escritura en el hospital de día donde trabajo actualmente funciona con una dinámica sencilla: una consigna disparadora, tiempo para escribir, lectura en voz alta y comentarios del grupo. Nada espectacular en apariencia. Pero lo que ocurría dentro de esa estructura era notable.
Participaban pacientes con diagnósticos distintos, entre ellos varios con esquizofrenia. Lo primero que llamaba la atención era que la resistencia inicial — el «no me sale», el «no sé qué escribir» — casi siempre cedía. No por presión sino por el efecto del grupo: ver que otros escribían, escuchar que la consigna era abierta, percibir que no había una respuesta correcta.
Lo segundo, y más significativo, era lo que pasaba en el momento de la lectura. Textos que en una conversación ordinaria habrían resultado difíciles de seguir — imágenes que se encadenaban de manera inesperada, frases que se desplazaban de un registro a otro — en el contexto del taller eran recibidos con atención genuina. Los compañeros preguntaban, comentaban, se interesaban. El texto hacía lo que el habla sola no siempre lograba: creaba un puente.
Este fragmento — con sus imágenes extrañas, su metonimia particular, su alejamiento del discurso compartido — fue recibido por el grupo con curiosidad y entusiasmo. No como algo «raro» sino como algo que valía la pena escuchar. Y esa recepción tuvo un efecto visible en quien lo escribió: algo se movió.
La escritura no cura, pero abre
Sería exagerado decir que un taller de escritura «trata» la psicosis. No es eso lo que ocurre. La psicosis no se resuelve con metáforas ni con consignas literarias. Pero eso no significa que no pase nada relevante clínicamente.
Lo que el taller puede hacer — y lo que observé que hacía — es crear un espacio donde la subjetividad de alguien, aunque fragmentada, tenga un lugar social. Donde lo que esa persona produce sea recibido, comentado, valorado. Donde el lazo ocurra aunque sea en ese espacio acotado y sostenido por un encuadre institucional.
Winnicott hablaba del espacio potencial como ese territorio entre la realidad interna y la externa donde ocurre el juego, la creatividad, la experiencia cultural compartida. El taller de escritura puede funcionar como un espacio potencial artificial: un lugar construido intencionalmente para que ocurran cosas que en otros contextos no ocurrirían. No porque la escritura sea mágica, sino porque el encuadre protege y la consigna habilita.
«Son personas que se ven abocadas a inventar. Inventan la locura, el delirio para sostenerse. Nosotros apoyamos en ese sentido, porque si pensáramos que la locura es puro déficit, no estaríamos hablando con la esperanza con la que estamos hablando.»
— J. M. Álvarez, De un tratamiento posible de la psicosis
Esa esperanza que menciona Álvarez no es optimismo vacío. Es una posición clínica: la de quien no ve solo lo que falta sino también lo que el sujeto construye, inventa, produce — aunque sea a su manera singular y difícil de seguir. El taller de escritura es uno de los espacios donde esa invención puede desplegarse y ser recibida por otros.
Lo que esto dice sobre la rehabilitación
La rehabilitación en salud mental, entendida desde la Ley 26.657 y desde un enfoque comunitario, no es solo la reducción de síntomas. Es la reconstrucción de vínculos, de autonomía, de participación social. En ese sentido, el taller de escritura no es un complemento decorativo del tratamiento: es un dispositivo terapéutico con lógica propia.
Lo que hace el taller es crear las condiciones para que algo del orden del lazo social ocurra. No en el mundo exterior — donde las dificultades persisten — sino en ese espacio protegido, repetido semana a semana, con las mismas personas y las mismas reglas simples. Y a veces, lo que se prueba adentro del taller empieza a moverse también afuera.
Uno de los pacientes que seguí en esas semanas empezó a concurrir, por iniciativa propia, a un taller de escritura externo al hospital, los fines de semana. No puedo afirmar que haya sido directamente por lo que vivió en el taller. Pero tampoco lo descarto.
No hace falta tener un diagnóstico de psicosis para reconocer algo en esto. Todos buscamos, de maneras distintas, formas de ser vistos, escuchados, recibidos. La escritura es una de ellas. Y el trabajo clínico, en cualquiera de sus formas, tiene algo de eso: crear un espacio donde lo que alguien trae — aunque sea difícil, aunque sea fragmentado — tiene un lugar.
Referencias bibliográficas
- Álvarez, J. M. (2023). Vocabulario de psicopatología I. La otra intencionalidad.
- Álvarez, J. M. (2019). De un tratamiento posible de la psicosis [conferencia].
- Alber, C. S. (2018). La escritura como tratamiento en un caso de psicosis y exclusión social. Norte de Salud Mental, 15(58), 69-74.
- Freud, S. (1911). Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente. En Obras completas (Vol. 12). Amorrortu.
- Lacan, J. (2006). El seminario. Libro 23: El sinthome. Paidós.
- Lacan, J. (1992). El seminario. Libro 3: Las psicosis. Paidós.
- Miller, J. A. (2007). La invención psicótica. Virtualia, 16, 3-13.
- Synnes, O., Romm, K. L., & Bondevik, H. (2021). The poetics of vulnerability: creative writing among young adults in treatment for psychosis. Medicine, Health Care and Philosophy, 24(2), 173-187.
- Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa.
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