Hay una frase que cierra "El Tesoro", de Él Mató a un Policía Motorizado, y que es difícil sacudir de la cabeza: es la depresión sin épica. Tres palabras que nombran algo que muchos reconocemos de inmediato, aunque no siempre sepamos bien por qué.
No es el sufrimiento dramático de las películas — el llanto en la lluvia, el duelo con música orquestal. Es otra cosa. Algo más sordo, más cotidiano, más difícil de sostener precisamente porque ni siquiera tiene la dignidad de un nombre claro. La canción habla de alguien que piensa todo el día en otra persona. Que hace todo para ella. Que pide perdón por estar ahí. Que decide quedarse igual, aunque el otro ni siquiera haya preguntado por él. Y que siente, mientras tanto, que algo se hunde.
Eso que describe la canción no es raro ni patológico. Es una forma de amar que la mayoría conoce de cerca. Y el psicoanálisis — junto con el sociólogo Zygmunt Bauman — tiene algunas ideas precisas sobre por qué duele de esa manera particular.
Los vínculos en una época que no para
Bauman escribió que vivimos en una época de vínculos líquidos — relaciones que se forman y se deshacen con una rapidez que antes no existía (Bauman, 2003). No porque la gente sea peor o más fría, sino porque el mundo en que nos movemos cambió: las apps de citas, el trabajo que muda de ciudad, los grupos de chat que reemplazan el café de los domingos. Todo se conecta y desconecta más rápido. Las relaciones empezaron a parecerse, en su metáfora, a conexiones de red: se pueden agregar, pausar o eliminar según la conveniencia del momento.
En ese contexto, alguien que dice paso todo el día pensando en vos suena casi anacrónico. Esa fijación, esa insistencia, esa incapacidad de simplemente "seguir adelante" — todo va a contramano de la época. Y sin embargo, es completamente humano. Que alguien se convierta en tesoro no se elige. Simplemente ocurre. Y cuando ocurre, ese otro ya no es reemplazable por nadie más.
El problema es que los tesoros también se hunden. Y cuando eso pasa, el malestar que queda no siempre tiene nombre fácil.
Por qué no podemos explicar lo que nos atrae
Una de las preguntas más difíciles en el amor es esta: ¿por qué esa persona y no otra? Casi nadie puede responderla bien. Se puede decir "me hace reír", "me escucha", "tiene algo que no sé definir" — pero ninguna de esas respuestas termina de cerrar. Porque lo que nos engancha del otro no es exactamente un atributo concreto. Es algo más esquivo.
Lacan lo pensó con detalle y llegó a una conclusión que puede sonar extraña pero que resuena con la experiencia: no deseamos a alguien por lo que tiene, sino que algo en esa persona funciona como causa del deseo — un resto inasible que no sabemos nombrar pero que organiza todo lo demás (Lacan, 1962–1963). Por eso no alcanza con encontrar a "alguien igual". Por eso el duelo por ciertas personas es tan difícil. No se trata de las cualidades objetivas del otro. Se trata de algo que esa persona porta sin saberlo, y que nosotros mismos no podemos del todo ver.
Cuando la canción dice todo lo que hago es para vos, eso es lo que está pasando: toda la energía del sujeto se orienta alrededor de ese alguien. No porque haya elegido racionalmente hacerlo. Sino porque ese otro se convirtió, sin pedirlo, en el centro de gravedad de su mundo afectivo.
La angustia no es sin objeto. Es la señal de que el sujeto está demasiado cerca de él.
— Lacan, Seminario 10: La angustia, 1962–1963
Cuando el tesoro se hunde
Hay una diferencia entre la tristeza y la angustia que vale la pena marcar. La tristeza tiene objeto: sabemos de qué estamos tristes. La angustia es más difusa — una sensación de que algo va a pasar, de que algo se pierde, de que el suelo no es tan firme como parecía. Es incómoda precisamente porque no tiene contornos claros.
Lo que la angustia avisa, en casos como el de la canción, es que la propia consistencia de alguien estaba apuntalada en ese otro. Que sin él algo propio también se va al fondo. Eso no es debilidad. Es lo que pasa cuando alguien importa de verdad: su presencia sostiene algo nuestro que no sabíamos que estaba sostenido ahí.
Esta estructura no es patológica en sí misma. Es parte de lo que significa amar. La pregunta no es si hay que evitarlo, sino qué hacemos con eso cuando aparece.
El amor como acontecimiento que no se planifica
Nadie elige enamorarse. O al menos, nadie elige el momento ni la persona con precisión. El encuentro amoroso llega — o no llega — con una lógica que escapa al control. Por eso Lacan lo pensaba como un acontecimiento: algo que interrumpe la rutina, que no estaba en los planes, que toma por sorpresa (Lacan, 1964). No es el resultado de una búsqueda sistemática. Es más parecido a tropezar.
Y eso le da al amor una doble naturaleza: es valioso precisamente porque es inesperado, porque nadie lo fabricó, porque no tenía por qué ocurrir. Pero por la misma razón es frágil. Lo que llegó sin garantías puede irse de la misma manera.
Bauman lo dice con claridad: en la época de los vínculos líquidos, esa fragilidad se siente más (Bauman, 2003). No porque los encuentros sean menos reales, sino porque el mundo alrededor los sostiene menos. El miedo a que el tesoro se hunda es, en parte, el miedo a que lo que llegó por azar se vaya igual.
La depresión sin épica
La melancolía clásica tenía grandeza. En la literatura, en el arte — el que sufría por amor sufría de manera elocuente, visible, casi admirable. Hoy el malestar afectivo más frecuente no tiene esa forma. Es más callado, más burocrático. Se sienta a la mesa con uno y no dice nada. No tiene el dramatismo que justificaría contárselo a alguien. Apenas alcanza para nombrarlo.
Lacan pensó esta transformación en relación con algo más amplio: vivimos en una época que promete satisfacción constante — el producto nuevo, la experiencia nueva, la persona nueva — pero que en realidad produce una insatisfacción que se perpetúa (Lacan, 1969–1970). Siempre hay algo más que podría colmar lo que falta. Y sin embargo nada lo colma. El resultado es ese malestar difuso que la canción llama depresión sin épica: un estado que no alcanza el umbral de la crisis pero que tampoco deja estar bien del todo.
El sujeto de la canción no está en el fondo del pozo. Está en algo más cotidiano y más difícil de articular: pide perdón por estar ahí, sospecha que molesta, no sabe bien si lo que siente tiene sentido. Perdón si estoy de nuevo acá. Esa incomodidad de existir para el otro, de ocupar espacio, de no saber si se tiene derecho a estar — eso es la depresión sin épica. Y es muy reconocible.
Que no elegimos lo que nos importa. El otro se convirtió en tesoro sin que hubiera una decisión racional de por medio. Eso no es una falla. Es la lógica del deseo: se organiza alrededor de algo que no termina de explicarse.
Que la angustia avisa algo verdadero. Sentir que algo propio se hunde cuando el otro se aleja no es exageración. Es la señal de que ese vínculo sostenía algo real. La angustia, en ese sentido, no miente.
Que quedarse también es una posición. Elegir estar en la derrota, sin garantías, sin que el otro lo haya pedido — no es sumisión ni masoquismo. Es una apuesta por el vínculo como valor en sí mismo.
Quedarse en la derrota
Lo que más llama la atención de la canción, al final, no es el sufrimiento. Es la decisión. El que canta no huye, no se protege, no apela a la distancia estratégica que la época recomienda. Dice: voy a quedarme un poco acá / cuidarte siempre a vos en la derrota. Y lo dice sabiendo que el otro quizás ni siquiera preguntó por él.
Lacan pensaba que amar implica exactamente eso: internarse en un territorio sin red de contención, ofrecerse sin saber qué va a volver (Lacan, 1972–1973). No es fusión romántica ni entrega ciega. Es el reconocimiento de que algunos vínculos valen el riesgo.
La canción no resuelve nada. El tesoro sigue hundiéndose. La depresión sigue sin épica. Pero alguien elige quedarse en eso — y esa elección, por pequeña que parezca, dice algo sobre lo que ese otro significa. No es la salida del malestar. Es la decisión de no abandonarlo antes de tiempo.
No hace falta conocer el psicoanálisis para que la canción duela. Pero cuando uno lo conoce, hay una capa más — la de poder situar en qué lugar exacto del psiquismo se produce cada cosa que duele. Y eso, muchas veces, ya es algo.
Lo que el psicoanálisis puede aportar, en situaciones como esta, no es una técnica para dejar de sufrir más rápido. Es un espacio para preguntarse qué hay en ese tesoro, qué parte de uno mismo se juega en ese hundimiento, y qué queda después de que la angustia baje un poco. No para tener la respuesta de antemano. Sino para que la pregunta abra algo en vez de cerrarlo.
Referencias bibliográficas
- Bauman, Z. (2003). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (J. Arrambide & M. Rosenberg, Trads.). Fondo de Cultura Económica.
- Él Mató a un Policía Motorizado. (2017). El Tesoro. En La Síntesis O'Konor [Álbum]. Laptra.
- Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En Obras completas (Vol. 14). Amorrortu.
- Lacan, J. (1962–1963). El Seminario, Libro 10: La angustia (J.-A. Miller, Ed.). Paidós (2006).
- Lacan, J. (1964). El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (J.-A. Miller, Ed.). Paidós (1987).
- Lacan, J. (1969–1970). El Seminario, Libro 17: El reverso del psicoanálisis (J.-A. Miller, Ed.). Paidós (1992).
- Lacan, J. (1972–1973). El Seminario, Libro 20: Aún (J.-A. Miller, Ed.). Paidós (1981).
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