Este artículo de divulgación está basado en el trabajo académico inédito del mismo autor: "Mañana tiroteo": un llamado a ser leído. Adolescencia, acting out y la función del Otro en la época (2026).
En las últimas semanas, varias escuelas argentinas amanecieron con el mismo mensaje escrito en baños, paredes y chats: "Mañana tiroteo, no vengan". Seis provincias. Decenas de instituciones. Una frase que viajó de pantalla en pantalla antes de que nadie pudiera detenerla.
La primera reacción fue el miedo. Luego la búsqueda de culpables. Pero hay una pregunta que me interesa pensar aquí: ¿qué está diciendo alguien cuando escribe algo así?
Porque antes de ser una amenaza, esa frase es un mensaje, y como todo mensaje tiene un destinatario.
La adolescencia no es una etapa. Es una crisis.
Cuando hablo de adolescencia en mi trabajo, no me refiero únicamente a una franja de edad sino a un momento en que algo se sacude en la manera que un sujeto tiene de ubicarse en el mundo.
La pubertad trae consigo una transformación del cuerpo que no avisa, y al mismo tiempo, una pregunta que tampoco tiene respuesta fácil: ¿quién soy ahora para los demás? El lugar que el adolescente tenía —en su familia, en su escuela, en su grupo— ya no le queda, y el nuevo todavía no está armado.
En ese interín, la angustia puede ser insoportable, y cuando la palabra no alcanza para tramitarla, aparece el acto.
Hay actos que matan… y hay actos que piden ser vistos.
El psicoanalista Jacques Lacan distinguió hace décadas dos tipos de actos que, desde afuera, pueden parecer parecidos pero tienen una lógica completamente distinta. Uno es el pasaje al acto: el sujeto se precipita fuera de la escena, se borra. Es lo que pasó en San Cristóbal, Santa Fe, cuando un chico mató a otro. El acto cierra toda posibilidad de pregunta.
El otro se llama acting out, y es esencialmente distinto: es una puesta en escena. El sujeto no se borra; arma un escenario, busca un público, espera una reacción. Es un acto que se muestra.
Escribir "Mañana tiroteo" en la pared de un baño es eso: un acto que se muestra. Que elige el lugar más transitado de la escuela. Que supone que alguien lo va a encontrar. Que espera una respuesta.
No es un plan, más bien es una pregunta disfrazada de amenaza.
¿Qué pregunta?
Pensá en lo que implica esa escena: alguien escribe en el lugar más visible de la escuela, no firma, no actúa, y espera. La pregunta que hay detrás no es "voy a hacer algo". Es: si yo no estuviera, ¿alguien lo notaría? ¿importo para alguien? ¿hay un adulto ahí que me vea? Lacan lo pensó así: hay momentos en que un sujeto no tiene palabras para lo que le pasa, y arma una escena para ver si alguien responde.
Esto no justifica la amenaza pero la explica. Y esta explicación es fundamental porque es la que permite una intervención posible.
El adolescente que escribe eso en una pared no quiere necesariamente que haya un tiroteo. Más bien quiere saber si hay alguien que responda, si hay alguien a quien apelar.
Solos en la pantalla
Vivimos en una época en que los adolescentes están más conectados que nunca y, al mismo tiempo, más solos que nunca. Las redes ofrecen reconocimiento cuantificable —likes, visualizaciones, seguidores— pero no ofrecen lo que un sujeto necesita: un Otro que lo interpele, que le devuelva algo de su singularidad, que tenga expectativas sobre él.
El like no pregunta, no falta, no desea. Y un Otro sin falta no es un Otro donde uno pueda ubicarse.
En ese vacío, la escuela debería ser el último espacio donde todavía circula algo de lo simbólico. Pero también es el lugar donde esa erosión se hace más visible. El adolescente que escribe en su pared no ataca a la escuela: le exige que sea lo que ya no sabe si puede ser.
El tercero que hace falta
El psicoanalista Fernando Ulloa describió algo que llamó "encerrona trágica": una situación en que alguien depende de otro por quien es rechazado o ignorado, sin que exista una tercera instancia que medie, sin salida, sin nadie a quien apelar.
Eso es lo que viven muchos adolescentes hoy. Dependen de adultos —padres, docentes, instituciones— que no saben cómo estar. Y cuando buscan a alguien que los escuche, no encuentran ni la autoridad de antes ni el acompañamiento que necesitan: encuentran protocolos, cámaras, expulsiones.
Lo que Ulloa proponía como salida era un tercero de apelación: alguien o algo predispuesto a responder. Un adulto que pueda sostener la asimetría sin ejercerla como violencia. Que escuche sin sofocar y que devuelva al acto su dimensión de pregunta.
Ese tercero puede ser un analista, un docente. Puede ser la cultura misma, cuando funciona. Lo que no puede ser es la cámara de seguridad.
Dos cosas distintas que no se reemplazan
Frente a este fenómeno, el psicoanálisis propone pensar dos operaciones que no son lo mismo y no se sustituyen entre sí.
La primera es lo que podríamos llamar restituir la función del Otro. Que los adultos recuperen una posición: no la del agente represivo, no la del amigo, sino la del Otro que puede decir algo con peso, que no se derrumba ante la provocación, que puede alojar la singularidad del chico sin borrarlo ni expulsarlo.
La segunda es lo que en clínica llamamos rectificación subjetiva, y esa ya es una tarea clínica, individual: acompañar al sujeto para que pueda salir de la posición de queja sobre el Otro —nadie me ve, nada importa— y empezar a preguntarse qué hace él con lo que la época le da.
Sin lo primero, lo segundo no tiene dónde apoyarse. Sin lo segundo, lo primero se queda en la contención y no produce nada nuevo.
Para terminar
Ese "Mañana tiroteo" escrito en la oscuridad de un baño no es el final de la escena. Más bien es su inicio. Es un llamado que llega antes de que haya alguien listo para recibirlo.
La pregunta que nos deja no es cómo detectar mejor la amenaza, sino cómo construir las condiciones para que esa frase pueda, en alguna parte, transformarse en algo que alguien esté dispuesto a escuchar.
Mientras respondamos al acto con otro acto —pánico, expulsión, sobrevigilancia— vamos a seguir llegando tarde. La apuesta es más difícil: sostener que detrás de cada acto hay un sujeto que pregunta.
Si algo de esto resuena con lo que estás viviendo con tu hijo/a, o si sos vos quien está atravesando algo difícil, no hace falta esperar a que sea una crisis para buscar un espacio donde hablar.
Referencias bibliográficas
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- Lacan, J. (1987). El seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.
- Lacan, J. (2006). El seminario. Libro 10: La angustia. Paidós.
- Miller, J.-A. (2015). En dirección a la adolescencia. El Psicoanálisis, (28).
- Recalcati, M. (2004). La cuestión preliminar en la época del Otro que no existe. Virtualia, (10).
- Sampayo Salgueiro, A. (2025). Distintas soledades en el sistema educativo: Una mirada psicoanalítica. Revista CPM, (42), 41–49.
- Ulloa, F. (1995). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Paidós.
- Zaiatz, P. (2025). Subjetividad de una adolescencia en (des)control [Ponencia]. XVII Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, UBA.
Material de divulgación · No reemplaza la consulta profesional · © Lic. Javier Azarola · psicoazarola.com.ar
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