La evidencia clínica y la experiencia de muchos pacientes indican que sí, en la mayoría de los casos. Lo que hace que una terapia funcione no es el consultorio: es la calidad del vínculo, la escucha y el trabajo sobre lo que el paciente trae. El formato online elimina barreras reales —el traslado, los horarios rígidos, la lista de espera— sin resignar nada esencial del proceso clínico.
Las sesiones duran entre 45 y 50 minutos. La frecuencia más habitual es una vez por semana, aunque puede variar según el momento del proceso y lo que cada persona necesita. No hay un protocolo fijo: la frecuencia es parte de lo que se conversa y se acuerda en los primeros encuentros.
No hay una respuesta única. Pero hay una señal que suele ser orientadora: cuando algo que te pasa empieza a interferir en tu vida cotidiana —en el trabajo, el estudio, los vínculos, el sueño, el cuerpo— y las estrategias habituales ya no alcanzan, el espacio terapéutico puede ser útil. No hace falta estar en crisis para consultar. Muchas personas vienen simplemente porque sienten que necesitan un lugar propio para pensar.
El psiquiatra es médico y puede recetar medicación. El psicólogo trabaja exclusivamente con la palabra, la escucha y el vínculo terapéutico. En muchos casos ambos pueden trabajar de manera complementaria: la medicación puede reducir la intensidad de ciertos síntomas y, en algunos casos, hacer posible el trabajo psicoterapéutico. La terapia trabaja sobre lo que los produce. Si en algún momento del proceso se evaluara que una consulta psiquiátrica es pertinente, se lo comunicaría con claridad.
Cualquier persona. El psicoanálisis no es un tratamiento reservado para situaciones extremas ni para quienes tienen un diagnóstico. Es un espacio de trabajo sobre el malestar en sentido amplio: la angustia, las dificultades en los vínculos, la sensación de estar dando vueltas en círculos, de repetir siempre lo mismo, las preguntas sobre el propio deseo. Si algo de tu experiencia te genera sufrimiento o confusión, hay lugar para trabajarlo.
La primera sesión no tiene un formato rígido. Es un espacio para que puedas contar lo que te trae, a tu ritmo y con tus palabras. No hay cuestionarios, ni evaluaciones, ni un diagnóstico al final. Lo que sí ocurre es una primera conversación clínica donde empezamos a entender juntos de qué se trata tu consulta y si este espacio puede ser útil para vos.
Sí. El secreto profesional es un principio ético y legal que protege todo lo que se comparte en el espacio terapéutico. Hay una excepción establecida por ley: cuando existe un riesgo cierto e inminente para la vida del paciente o de terceros. Fuera de esa situación, lo que se dice en sesión no sale del vínculo terapéutico.
Los honorarios son accesibles, tanto para pacientes en Argentina como para quienes se encuentran en el exterior, con opción de pago en pesos o en dólares. Los valores se ajustan periódicamente y cualquier actualización se informa con anticipación. El pago se coordina por WhatsApp antes de cada sesión. No trabajo con obra social ni prepaga, aunque dependiendo de la cobertura puede existir posibilidad de reintegro.
Sí, trabajo con adolescentes. En esos casos el encuadre tiene algunas particularidades: la consulta inicial puede involucrar a los padres o adultos a cargo, pero el espacio terapéutico es del adolescente, y lo que allí se habla es confidencial, salvo las excepciones de riesgo mencionadas. El objetivo es que el joven tenga un lugar propio, no un espacio de reportes hacia los adultos.
El enfoque es psicoanalítico, con base en Freud y Lacan, enriquecido por una formación académica amplia que incorpora perspectivas de la psicología clínica, la psicopatología y los estudios actuales en salud mental. Eso significa que no trabajo con protocolos ni objetivos predefinidos desde afuera. El punto de partida es lo que cada persona trae, y el trabajo consiste en acompañar la construcción de sus propias respuestas, sin reducir la complejidad de cada caso a una única lectura teórica.
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